La carrera del boxeador mexicano más exitoso de todos los tiempos, Julio César Chávez, es recordada por sus épicos enfrentamientos en el ring con rivales de alto calibre, aunque su vida está marcada por la que bien podría haber sido su pelea más complicada: contra las adicciones, a las cuales supo darles nocaut para fundar él mismo su propio centro de rehabilitación.
"El Gran Campeón Mexicano" es mucho más recordado por sus colisiones con Héctor "el Macho" Camacho, Meldrick Taylor y Edwin "el Chapo" Rosario. Su trayectoria le permitió viajar por todo el mundo y coleccionar campeonatos del Concejo Mundial (CMB), la Federación Internacional (FIB) y la Asociación Mundial del Boxeo (AMB) en distintas categorías de peso.
Aunque de vez en vez se le ve participar en encuentros de exhibición, su retiro profesional data desde el 2005. Para cuando sonó la campanada final, el pugilista oriundo de Ciudad Obregón, Sonora, acumulaba un total de 107 victorias, 107 nocauts, seis derrotas y dos empates. Pero ninguna de esas batallas lo vio crecer tanto en lo personal como la guerra contra sus demonios personales.
Coleccionista de títulos y de adicciones
La década de los noventa perteneció al exponente sonorense, que cada vez se veía más rodeado de miles de aficionados. Irónicamente, se trató de una época en la que más de una vez admitió sentirse en soledad entre toda esa multitud que lo abrazaba por sus victorias. Su fama y riqueza no tardó en permitirle hacer fiestas para combatir con ese sentimiento, y con ello llegaron también las botellas y las malas compañías.
También te puede interesar: ¿Por qué la pelea Floyd Mayweather Jr. vs Mike Tyson será postergada en el boxeo?
Dos de sus amigos más cercanos en aquel momento eran los hermanos Julio y Francisco Rafael Arellano Félix, los mismos que pasarían a la historia por dirigir uno de los grupos criminales más poderosos del país. La ignorancia del boxeador no le permitió darse cuenta en su momento, aunque en cuanto el gobierno los identificó como operadores de la droga, "el César" se distanció.
Ya era demasiado tarde. El alcohol ya no le bastaba, y la cocaína se había vuelto su mejor amiga. Para 2007, ya retirado, se encontraba tendido en la lona de su casa o del hotel donde se quedaba. Entre baños que se quedaban inservibles y habitaciones destrozadas, en varias ocasiones le ofrecieron ayuda, solamente para rechazar y continuar con su estilo de vida excesivo, el cual lo llevó al hospital en más de una ocasión. Muchas veces, el pronóstico fue que no saldría.
La luz al final del tunel
Fue en entrevista con Gustavo Adolfo Infante que la superestrella del deporte admitió que figuras como José Sulaimán le ofrecieron ayuda, aunque admitió que las primeras clínicas a las que lo internaron estaban en condiciones deplorables. No fue sino hasta que su hijo Julio César Chávez Jr. y su esposa Miriam lo llevaron a otro centro que en verdad pudo aprender a valorar y a reflexionar sobre el valor de su vida.
Actualmente, la leyenda acumula 17 años sobrio. Su lucha es compartida, razón por la que en el 2013 fundó Baja del Sol, un centro de rehabilitación de alto nivel con presencia en Tijuana y Culiacán. Sus servicios cuentan con expertos en métodos convencionales como la psiquiatría y otros más atípicos, como la equinoterapia. Chávez invita a todos aquellos que lo necesiten a buscar ayuda y a seguir el principio que lo mantuvo de pie en el cuadrilátero: no rendirse.
