Boxeo

La desgarradora promesa de Oscar de la Hoya a su madre que lo hizo leyenda olímpica

Antes de ser el "Golden Boy", peleó contra el dolor más grande: la muerte de su madre. Así fue la historia del juramento que le hizo en 1990 y que cambió su vida para siempre

La desgarradora promesa de Oscar de la Hoya a su madre que lo hizo leyenda olímpica
El "Golden Boy" logró hacer realidad el sueño de su mamá de ser medallista olímpico. Foto: X: @primerguante

Dos años antes de subir al podio olímpico y encaminar su carrera hacia la cúspide del boxeo, Oscar de la Hoya tuvo un momento que marcó su vida al lado de su madre Cecilia. En un hospital del Este de Los Ángeles, le hizo una promesa que juró cumplir sin importar el costo: ganar para ella la medalla de oro. Este pacto llegó cuando su ser más querido prácticamente estaba en su lecho de muerte

Con sólo 17 años, el joven púgil tuvo que enfrentar la muerte de su madre, quien había perdido una complicada y larga batalla de cuatro años contra el cáncer de mama. A pesar del oscuro y sombrío panorama, en la mente del boxeador con raíces mexicanas sólo retumbaba la idea de cumplir con su juramento. "Le prometí la medalla de oro y espero que nada me impida conseguirla. Era su sueño. Cuando la gane, podré enseñársela: 'Aquí tienes tu medalla de oro'", reveló en su momento antes de participar en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. 

Si alguien había mostrado plena confianza en él, esa había sido Cecilia de la Hoya, quien lo llenó de motivación en sus últimos días de vida: "‘No dejes que nada te impida ganar ese oro", recordó el pugilista en varias entrevistas, agradeciendo el apoyo que siempre le brindó. "Esa fue mi motivación. Estaba decidido a traer la medalla”, agregó. Así que, este hecho atroz lo transformó en una llama interior que lo llevó a dar el primer gran paso de su extraordinaria carrera sobre el ring.

Oscar de la Hoya subió a lo más alto del podio en Barcelona 92.
Foto: @USABoxingAlumniAssociation

La final en Barcelona: El cielo fue testigo de la hazaña 

Llegar a la cita con su destino no fue fácil, pues De la Hoya tuvo que trabajar, entrenar y tener la constancia de un campeón a lo largo de dos años, primero para ser parte del equipo de Estados Unidos y posteriormente enfocarse en cumplir el sueño de su madre. Su participación en Barcelona 92 ocurrió cuando cumplió 19 años, siendo un joven maduro que sabía que esa oportunidad única también le abriría las puertas de una vida mejor para él y su familia. 

Su talento y un ángel en su espalda apoyándolo en todo momento hicieron que fuera dejando rivales en el camino hasta llegar a la gran cita por el oro olímpico. La tarea no sería nada sencilla, ya que su oponente era el alemán Marco Rudolph, quien un año antes lo había derrotado en el Mundial. No obstante, en el fondo de su ser sabía que en ese momento nadie lo podría frenar, pues su ambición por cumplirle a su madre era más grande que cualquier "monstruo" que estuviera frente a él. 

El 8 de agosto de 1992, el recinto Palau Blaugrana se convirtió en el lugar perfecto donde cumpliría la profecía. Desde el primer asalto, el boxeador con raíces mexicanas fue feroz, siempre al ataque, con combinaciones y conectando los mejores golpes que llevaban la furia de una promesa que debía cumplir. En el tercer asalto, la "llama interior" de Oscar de la Hoya terminó por hacer cenizas el ímpetu de su rival, cuando con un izquierdazo lo mandó a la lona, dejando un mensaje claro: el oro ya tenía dueño. 

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Los jueces claramente vieron favorito al estadounidense, otorgándole la victoria por 7-2. De inmediato, saltó de felicidad, puso una rodilla en la lona, se persignó y elevó el brazo y la mirada hacia el cielo para enviar el mensaje de que la deuda estaba saldada. Con entrega y amor, De la Hoya logró cumplir con el pacto que madre e hijo habían hecho en un momento especial para ambos; además, sentaba las bases de lo que llegaría a ser el "Golden Boy" en un futuro. 

Al momento de ganar, el "Golden Boy" también mostró orgullo por sus raíces mexicanas.
Foto: @oehernandez

El recuerdo de su madre en lo alto del podio

A pesar de ser un momento muy íntimo y nostálgico para De la Hoya, el pugilista no derramó una sola lágrima cuando se entonó el Himno Nacional de Estados Unidos mientras se encontraba en lo alto del podio; en cambio, había una gran sonrisa en su rostro que demostraba que estaba satisfecho con el resultado. No hubo el clásico drama que todos esperaban por una sola razón: el púgil pensó en lo que su madre le diría en ese momento tan especial. 

“Cuando estaba en esa plataforma, estaba tan feliz. Pensaba en lo feliz que estaría mi madre y en cómo me diría: ‘No llores. Ganaste la medalla de oro. Sé feliz’”, comentó el joven de 19 años ante la hazaña de haber conseguido llegar tan lejos. El siguiente paso sería llevar esa medalla al cementerio de Resurrection en Los Ángeles.

Ahí sí, sería un momento único entre Oscar y su madre: “No quiero ir. Es su promesa, y él merece estar a solas con ella”, explicó su padre Joel de la Hoya. Tras este momento, la carrera del joven fue en ascenso y no sólo le entregó a su madre un oro olímpico, sino que lo pudo ver desde el cielo convertirse en una leyenda del boxeo profesional, conquistando seis divisiones diferentes para posteriormente ser en uno de los promotores más reconocidos. La promesa que le hizo a su mamá lo llevó a conocer la gloria. 

 

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