Björn Borg siempre fue una figura enigmática. En la cancha, “Ice-Borg”, pero fuera de ella, un hombre hermético, reservado, incapaz de mostrar fisuras. Sin embargo, a más de 40 años de su retiro, decidió abrir definitivamente la puerta de su vida privada y revelar un pasado marcado por excesos, vacío emocional y episodios que lo dejaron al borde de la muerte. Pero también, un costado desconocido: acciones silenciosas de ayuda y concientización que nunca habían salido a la luz.
El sueco es una de las figuras más influyentes en la historia del tenis, y su vida posterior al retiro siempre generó curiosidad. Entre el hermetismo que lo caracteriza y las pocas entrevistas que concede, muchas historias sobre su vida personal suelen circular sin demasiado sustento. Para entender qué hizo realmente fuera de las canchas, es clave remitirse a las fuentes confiables, incluidas sus propias palabras en su libro My Life and Game, donde repasa su carrera y su intimidad.
A lo largo de los años también se han publicado perfiles biográficos y documentales que examinan tanto su ascenso meteórico como su tempranísimo retiro.
Las adicciones, depresión y dos sobredosis que casi lo destruyen
Borg dejó el tenis a los 25 años, sin ganas y sin plan. Ese vacío se convirtió en un precipicio. “Me despertaba y no sabía qué hacer con mi vida”, confesó. Sin la rutina del circuito, sin objetivos y sin contención, cayó en lo que él mismo describe como un proceso de autodestrucción: cocaína, pastillas, alcohol, insomnio, ataques de pánico y el desgaste emocional de sentirse perdido.
En “Heartbeats”, su autobiografía, reveló por primera vez que tuvo dos sobredosis que lo llevaron al hospital. Una en 1989, en Italia; otra, más grave, en Holanda, donde despertó y vio a su padre llorando junto a la cama. “Ahí entendí que estaba vivo de milagro. Estuve cerca de morir muchas veces”, confesó.
Esa etapa oscura lo acompañó durante más de una década, incluso cuando intentó regresar al tenis en los 90, ya sin resultados.
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El renacer silencioso: sus visitas secretas a hospitales y orfanatos en Navidad
Lo que nunca había trascendido (y que personas cercanas al ex número 1 confirmaron en los últimos años) es que Borg encontró una forma íntima y silenciosa de enfrentar su culpa, sus fantasmas y su adicción: visitar hospitales y orfanatos durante la época navideña, sin cámaras, sin prensa y sin reconocimiento público.
De acuerdo a allegados, según fuentes, el sueco comenzó estas visitas a principios de los 90, cuando su vida estaba en plena reconstrucción. Lo hacía bajo una sola condición: nadie podía anunciar su presencia. Ni fotos, ni videos, ni prensa.
Su objetivo, contaron, era único y personal. Hablaba con jóvenes vulnerables sobre el daño del consumo, la depresión, la presión y los caminos que pueden conducir a situaciones límite. Y él nunca quiso que estas acciones fueran públicas. No buscaba limpiar su imagen, buscaba evitar que otros cayeran donde él cayó.
También dedicó tiempo a hablar sobre prevención del suicidio, un tema que lo atravesó después de vivir episodios que él mismo consideró como “un borde peligroso del que logré volver”.
Estas visitas se hicieron habituales durante mucho tiempo, particularmente en las semanas previas a Navidad, cuando la soledad golpea más fuerte en orfanatos, salas de cuidado intensivo juvenil y centros de salud mental. Para Borg, esta fecha no era un momento festivo, sino un recordatorio de los años en los que casi perdió la vida. “Tengo suerte de seguir acá”, escribió en su libro.
Hoy, con 69 años, Björn Borg habla sin miedo del pasado: “Tomé decisiones estúpidas. Me destruyeron casi por completo. Pero estoy vivo. Y quiero que mi historia sirva”.
Su legado no es solo deportivo. También es el testimonio de un hombre que, tras tocar fondo, eligió volver no desde la gloria, sino desde la empatía. Sin flashes, sin titulares, sin multitudes. Sólo con la convicción de que ningún chico merece caer en la oscuridad que él conoció tan de cerca.
