La capital mundial del futbol, por excelencia, es Inglaterra, tierra que vio nacer al deporte como se le conoce hoy en día y que ha albergado encuentros que han destacado por sus jugadas, sus resultados, y, más extrañamente, hasta por su duración, y es que en 1946 tuvo lugar el que, hasta la fecha, es el partido más largo de toda la historia.
A escasos meses de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el balompié internacional apenas había recuperado el tiempo para regularse y establecer reglas aplicables a las circunstancias extraordinarias que podían ocurrir en cada jornada, y fue la ausencia de estas medidas la que no solamente provocó esta situación, sino que la hizo irrepetible para el futuro.
Aunque los conceptos de gol de visitante o de ronda de penaltis resultan más que comunes en la actualidad, hubo una época en la que ni siquiera eran ideas que pasaran por la cabeza de organizadores para decretar criterios de desempate, lo que muchas veces obligaba a los jugadores a optar por la victoria contundente.
Las decisiones que lo cambiaron todo
Poco se imaginaban los elementos del Stockport County y del Doncaster Rovers de la tercera división del futbol británico que uno de sus partidos los haría escribir su nombre en los registros históricos del deporte por un costo elevadísimo. Con la North Cup a la distancia, solamente una escuadra podría hacerse de la gloria.
También te puede interesar: Turco Mohamed no descarta dirigir a Boca Juniors en Argentina: “Me gustaría tener esa chance”
Lo que debía definirse en un solo juego se vio obligado a alargarse. En su primer choque, las acciones terminaron 2 a 2, lo que no dejaba satisfecho a ninguno de los dos equipos. Se decidió llevar a cabo una revancha, o "replay", en el Edgelay Park, hogar del Stockport. Para su desgracia, esa tarde el 30 de marzo, otra vez cerraron los 90 minutos en empate, y como nadie tenía intenciones de irse a un tercer duelo, decidieron definir el resultado ese mismo día. Grave error.
El "gol gana" más absurdo de la historia
La regla que ya existía en ese entonces era el hoy tradicional tiempo extra de 30 minutos, aunque este no fue suficiente para que se definiera un ganador. Por decisión del árbitro de aquella velada, se decidió que el próximo cuadro que anotara gol se llevaría el partido, aunque esta en realidad no era una medida escrita para estos casos.
Quizás fue el agotamiento de todos los jugadores, o que simplemente las cosas estaban destinadas a pasar así, pero en 172 minutos de acción, no cayó ninguna diana. La satisfacción cuando, finalmente, al '173, hubo anotación, pasó a convertirse en un chiste de humor negro, pues el silbante determinó anular el tanto.
Cuando ya habían transcurrido 203 minutos, al impartidor de justicia no le quedó de otra que acabar con el sufrimiento de todos cuando los cartones aún indicaban el 2 a 2. Con un lanzamiento de moneda, se acordó tener una tercera y definitiva parte que, para fortuna de los involucrados, tuvo lugar en casa de los Rovers, el Belle Vue, lugar en el que se impusieron 4 a 0 en el periodo regular.