En el barro del Ascenso Argentino, donde las canchas pesan más que las marquesinas y los sueldos no siempre llegan a fin de mes, hubo un futbolista que decidió jugar a su manera. Darío Dubois no fue una estrella de Primera ni levantó trofeos que llenaran vitrinas, pero dejó una marca imposible de borrar: salió a la cancha con la cara pintada como cantante de black metal y obligó a la AFA a cambiar el reglamento.
Zaguero central, rústico y frontal, este rompía el molde en un ambiente que premia el perfil bajo. Mientras la mayoría intentaba encajar, él se maquillaba de blanco y negro, usaba cadenas y hablaba sin filtro. En un fútbol que, según sus palabras, era “muy fascista: pelito corto, bien empilchaditos”, él aparecía como un personaje salido de un recital under, listo para “guerrear” en vez de jugar.
Pero detrás de la pintura había algo más que show. Había protesta, identidad y una ética que lo llevó a denunciar arreglos, tapar publicidades que no pagaban y enfrentarse a dirigentes. El jugador buscaba coherencia, y eso, en cualquier liga, incomoda.
El defensor que no quería ser futbolista
Darío Dubois nació el 2 de febrero de 1971 y desarrolló su carrera entre 1994 y 2004 en las categorías más profundas del balompié argentino. Pasó por Yupanqui, Lugano, Midland, Deportivo Riestra, Laferrere, Cañuelas, Sacachispas y Victoriano Arenas. Disputó 146 partidos y marcó 13 goles. Números modestos para un central, pero suficientes para convertirse en un mito de culto.
Lo curioso es que el fútbol no era su gran pasión. “Lo practicaba porque tenía un entrenamiento físico gratuito y me servía para costear mi carrera de músico”, llegó a decir. Amaba el rock pesado, tocaba el bajo en una banda tributo a “Vox Dei”, trabajó como sonidista y hasta vendía sahumerios en el transporte público. El balón era herramienta, pero la música, vocación.
“Para la A no existo, para el Nacional B no doy, en la B soy buen jugador, en la C soy muy bueno y en la D soy el mejor defensor”, dijo.
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“Corpse paint” en la cancha y reglamento modificado
En 1998, jugando para Midland, decidió llevar su estética metalera al terreno de juego. Se pintó la cara de blanco y negro al estilo corpse paint, maquillaje típico del black metal: “Esto me da polenta (ganas), vos te pintás la cara y salís a guerrear. Sé que los rivales se van a asustar, pero el reglamento no lo prohíbe”, argumentaba.
Durante más de una decena de partidos jugó así. Algunos árbitros lo dejaron; otros lo obligaron a limpiarse. Hasta que la AFA, bajo la presidencia de Julio Grondona, emitió una resolución específica prohibiendo el maquillaje. Un defensor de la categoría D había provocado un cambio reglamentario.
Las rebeldías de Darío Dubois
Dubois no se quedaba en lo estético. En Lugano, una empresa prometió 40 pesos argentinos por partido ganado y no pagó tras tres victorias. ¿La respuesta? Embarró la publicidad de la camiseta antes de salir a jugar. El mensaje fue claro: sin pago, no hay exposición.
En otro episodio, frente a Excursionistas, fue expulsado y al árbitro se le cayeron 500 pesos del bolsillo al sacar la roja. Dubois los tomó y corrió hacia el vestuario. Luego los devolvió, pero dejó una frase que quedó para la posteridad: “Con esa roja yo me quedaba sin cobrar, entonces me llevaba lo que él me estaba robando”.
También denunció públicamente a un dirigente que les habría ofrecido dinero para perder un partido. “Si me ponés para ganar la agarro, pero si me ponés para perder, te la tiro en la cara”, comentó al aire en una radio. En tiempos donde las apuestas hoy sacuden al fútbol, su postura suena casi profética.
Identidad, política y potrero
Darío no escondía su mirada crítica. “Dentro de la cancha también tengo conciencia política”, decía. Se crió en La Matanza, en barrios como La Tablada y Villegas, lejos de los privilegios. Su vida era la del obrero que jugaba por el “pancho y la coca”, ese eslogan popular del Ascenso.
“No me gusta jugar. Lo hago porque es muy competitivo y me entreno mucho. No como carne roja, no fumo, no tomo alcohol ni drogas. Nunca lo hice. Además, la poca plata que gano me ayuda. Mi posición económica es desastrosa”.
La lesión, el abandono y el final trágico
En 2005 sufrió una rotura de ligamentos cruzados jugando para Victoriano Arenas. No pudo costear la operación y quedó fuera del fútbol.
El 17 de marzo de 2008 murió tras recibir disparos en un asalto, luego de trabajar como sonidista en un club de barrio. Tenía 37 años y no llegó a jugar en Primera ni a retirarse a los 40, como soñaba.
El fútbol grande apenas lo recordó. En el Ascenso, en cambio, quedaron murales, banderas y canciones. Dubois se convirtió en mito: el zaguero que jugó maquillado, que tapó sponsors con barro y que nunca negoció su identidad.
